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Léeme, por favor. Cómprame un libro

Mi hija es maravillosa. Cada conversación con ella es digna de recordarse. Su madurez me sobrecoge, pero no me sorprende. Debería hacerle caso más a menudo. Mi poca estima propia me ciega más veces de la que quisiera. Es una batalla perdida, o casi. 
Ella me adora y me admira. Se enfada por mi queja vital.
Voy a ser menos negativa, por ella. Lo prometo. Pero a partir de mañana.

....

No me gustan las ferias del libro. Creo que ya me repito, sí. Y sin embargo estoy. He estado. Estaré, seguramente, en muchas, con mi obra a cuestas, como quien vende cachivaches de segunda mano. Será que se me abren todas las suturas y la realidad me pone en mi sitio.
A lo mejor no sé vender. No tengo paciencia. No tengo energía para explicar que desde hace muchos años, más de los que me gusta recordar, he seguido al pie del cañón, para demostrar, demostrar, demostrar...
En una feria encantadora de pueblo encantador me dan un lugar en una caseta junto a una chica muy amable con seis libros autoeditados de coloridas portadas. Su ilusión, también colorida. No tiene un megáfono, pero casi: oye, soy escritora, léeme, llévate mi libro, sígueme en redes, hazme fotos.
Estoy muy cansada. Y no quiero fotos. 
....
El levante hoy sopla diferente.
Me desordena el pelo y me revuelve el interior.
Menos mal que hay un hombre de arena que construye para mí castillos de amor.
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