Mi hija es maravillosa. Cada conversación con ella es digna de recordarse. Su madurez me sobrecoge, pero no me sorprende. Debería hacerle caso más a menudo. Mi poca estima propia me ciega más veces de la que quisiera. Es una batalla perdida, o casi. Ella me adora y me admira. Se enfada por mi queja vital. Voy a ser menos negativa, por ella. Lo prometo. Pero a partir de mañana. .... No me gustan las ferias del libro. Creo que ya me repito, sí. Y sin embargo estoy. He estado. Estaré, seguramente, en muchas, con mi obra a cuestas, como quien vende cachivaches de segunda mano. Será que se me abren todas las suturas y la realidad me pone en mi sitio. A lo mejor no sé vender. No tengo paciencia. No tengo energía para explicar que desde hace muchos años, más de los que me gusta recordar, he seguido al pie del cañón, para demostrar, demostrar, demostrar... En una feria encantadora de pueblo encantador me dan un lugar en una caseta junto a una chica muy amable con seis libros autoeditados ...
Jamás he tenido en las manos el poder suficiente para que el halo superior y el respeto vengan dados, sin tener que pelear hasta sangrar. Desde aquí ya sé que son absurdas muchas batallas si se las piensa. Sin embargo jefes y jefas por doquier se amontonan a mi paso, a la derecha y a la izquierda, me rodean, y marcan límites entre mis abismos y los suyos, y tiran puentes y cierran puertas. C. me dice que ya no tengo que demostrar nada a estas alturas, ni buscar validación, reconocimiento, ni más ternura. Ya no.. He aprendido a dominar las lágrimas inoportunas. Imagino que Sisifo también llora en silencio su condena de no saberse jamás liberado de tanto peso. Pensará si no es quizás un castigo demasiado largo la eternidad. Los jefes dan órdenes, muchas imposibles, descabelladas, crueles. Las jefas sonríen y dan miedo. Taconean siempre sin pudor de un lado a otro. Suelo descalzarme cuando escribo y cuando como. Me gusta dejar que la inspiración ascienda desde los pies. N...