Escribir durante todo el día, sin que ni una sola línea se materialice. Ir enhebrando las palabras precisas en el ojo de la aguja de lo real, cada vez más estrecho, cada vez más difícil.
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El desgaste es inevitable. No se resisten a la erosión las rocas del mar. Reciben una a una las olas que van llevándose trozos de su forma original. Y asumen con resignación su destino.
Por dentro tengo rocas de mar y olas bravas. Noto las mareas vivas y los temporales. Siento algunas tormentas con la virulencia del fin del mundo.
Desde fuera no se ve. Quizás alguien intuya alguna anomalía en mi forma de estar despierta. Pero sé que no. Hay una soledad perfecta como los ciclos naturales. Llega para quedarse y en su abrazo arrastra todas las posibilidades.
Asumir que hay que cerrar los ojos quizás sea el alivio que buscamos.
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Ella dice que sólo pienso tonterías. Pero no sabe qué pienso, no en toda la dimensión de lo que puede abarcar mi pensamiento. Mundo interior.
Le dije que veo en la mirada de la gente lo que realmente son, igual que sé leer el viento y las corrientes marinas.
Me cree y le asusta, por eso ignora que estas revelaciones se lleven por delante su calma y su cordura, tan frágil como mi determinación a seguir aquí. Pero lo consigo.
Hay ojos tan turbios como el agua de los ríos después de una borrasca, correntía de barro y piedras y criaturas muertas.
Y esa turbidez es de lo que hay que defenderse, volver la vista hacia dentro y encontrar serenidad en lo que hemos aprendido.
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