Jamás he tenido en las manos el poder suficiente para que el halo superior y el respeto vengan dados, sin tener que pelear hasta sangrar. Desde aquí ya sé que son absurdas muchas batallas si se las piensa.
Sin embargo jefes y jefas por doquier se amontonan a mi paso, a la derecha y a la izquierda, me rodean, y marcan límites entre mis abismos y los suyos, y tiran puentes y cierran puertas.
C. me dice que ya no tengo que demostrar nada a estas alturas, ni buscar validación, reconocimiento, ni más ternura. Ya no..
He aprendido a dominar las lágrimas inoportunas. Imagino que Sisifo también llora en silencio su condena de no saberse jamás liberado de tanto peso. Pensará si no es quizás un castigo demasiado largo la eternidad.
Los jefes dan órdenes, muchas imposibles, descabelladas, crueles. Las jefas sonríen y dan miedo. Taconean siempre sin pudor de un lado a otro. Suelo descalzarme cuando escribo y cuando como. Me gusta dejar que la inspiración ascienda desde los pies. No sé si las jefas tienen pies reales en el interior de los zapatos altos. No sé nada de su naturaleza. Si ser jefa fue un regalo ya en la cuna, o un dedo de humo alentó su camino de prestigio incontestable (o exento de preguntas a propósito).
No he sido jefa, nunca, de ésas que llevan en el bolso todo el terror propio. Y se pintan los labios.
No lo soy. Y tampoco sé lidiar con ellas ni con ellos. No hay despachos para mí en la torre de niebla.
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Hay un amasijo de recuerdos oxidados, corroídos. Huelen a ti. Tienen tu olor feroz, a salitre e intemperie.
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