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Mis pechos como los suyos

Expulsar de la piel todo el rastro. Seguir con los ojos vacíos igual que las paredes de una casa que ya no existe. Descampado, quizás. El hueco. La raíz. Y una calle sin nombre.

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He dejado de estar enfadada. La rabia me deja exhausta, y ahora no puedo permitirme malgastar energía. Raciono la fuerza. Algunas horas de sueño. Muy pocas. Y recupero lo que hay en el espejo, para adherirlo a mi voluntad.
Ahora no me hables de alejarme del yo, de dejar a un lado subjetividad y otras mezquindades. Hoy no quiero que hablemos de lo que sucede fuera. Prefiero seguir en este lado. En esta orilla. Ignorar el río y su voz cuando reprocha lo que ya sé.
Déjame intentar tocarte, atravesar el aire incluso, cubrirme el cuerpo con lo que queda de ti.


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Estoy intentando volver a escribir. Pero también palpo mis pechos a diario en la ducha, y me tomo la temperatura. Volver a escribir es vencer el miedo, y ganarle la batalla, como dicen los eslóganes publicitarios sobre el cáncer de mama.
Amigas. Madres. Mujeres de mi interior. Mis pechos como los suyos.
Y vuelvo a escribir. Cualquier tontería sirve para alejarme de la muerte un segundo. Ignorar cómo el mundo se empeña en mutilarnos.

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Hace unos días he pregonado la II Feria del Libro de mi pueblo, Puerto Real. Y a nadie puedo negarle mi satisfacción. Ahora puedo afirmarlo, aseverarlo y comprobar que sí, que sigue mi ego intacto.
Es una gozada que mi tierra valore lo que hago, y me reconozca en mis éxitos y en mis fracasos. Y ahora toca disfrutarlo, aunque sean muchas las sombras que no dejan pasar la claridad.
Será psicosomático, pero una conjuntivitis me privó de ver en todo su esplendor, un día tan especial. O, démosle la vuelta: quizás dios puso filtro natural, y un poco de fiebre, para que no me tocasen las sombras ni me hirieran las aristas que, de seguro, acechaban por todas partes.

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Enrique ya duerme de un tirón desde hace un par de noches.
Tendré que inventarme otra excusa para el cansancio.

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