Las personas que no son claras, que hablan a medias o que enredan las palabras hasta hacerlas inútiles me desesperan. Sí, me quitan la esperanza, me arrebatan energía y alegría.
Nos rodean. No conversan, sino que existen para sí mismas y su monólogo eterno.
Quizás he sido así también. Ahora procuro administrar mi capital de silencio y lo consigo. Aunque temo callar un día de éstos de forma irreversible y desembocar en la sordera también, elegida y adrede.
Mejor aislarme por voluntad propia que estar a merced de la déspota compañía intermitente de los perdonavidas.
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"Sólo una bala" me alcanzó una mañana del último verano eterno.
La extraje yo misma. No dolió.
Pero palpo en mi piel la huella del disparo y duele todavía.
El verano no llega aún. Le impide entrar una barrera de nieve. Las más graves son las heridas de dentro. No sirve el hielo para callarles la voz. Y ya es cuestión de vida o muerte su calor, porque a los golpes internos no los calma el hielo.
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Un impacto emocional, un relámpago último de rabia, la constatación de lo que siempre supe.
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