Es lógico que sorprenda el título de esta entrada al blog, pero a veces cualquier situación en la vida puede acarrear un esfuerzo inesperado al deber gestionar emociones complejas en el lugar más inconveniente.
Para ir con manos de señorita o ya de señora, puesto que me lo disparan en las colas de los supermercados, una debe acudir una vez al mes, más o menos, a locales vietnamitas de uñas acrílicas, por aquello de ir sin cita previa, algo que nos viene muy bien a las personas que no sabemos manejar las agendas y el tiempo o la falta del mismo se nos desborda por las comisuras de la existencia.
Uñas francesas, por favor.
Hoy he abandonado el verde agua que ya se había convertido en un TOC. Otro trastorno que sumar a las etiquetas antes de que llegue la definitiva, sí, la que cuelga del dedo gordo del pie ya inerte sobre una camilla metálica.
Acudo y me armo de paciencia y hago como que no me importa que los empleados hablen entre sí de forma ininteligible e incluso sonrían socarronamente a mi costa. Es lícito pensar mal. Y una que es bastante susceptible tiende a elucubrar maledicencias orientales.
En fin. Uno de los jóvenes sostiene mi mano, maneja un pincelito embebido en esmalte blanco y dibuja con mecánica y primorosa perfección, el diseño que le he pedido. Ni un error en una uña, mientras atiende una videollamada que deja abierta: un niño pequeño parece contarle algo muy divertido, porque ríe ruidosamente. Su compañero sonríe también. No conozco su idioma, pero la ternura es universal, como la tristeza.
Entonces, lo que debería haber sido un momento para cultivar la frivolidad absoluta, un instante de relax para mis neuronas, se convierte en algo muy distinto. Oigo la conversación y percibo, sin entender el qué, el cómo. Habla con su hijo, y está lejos. Papá le hace las uñas a las señoras de por aquí, y no está por allí, cerca, para compartir los días.
Sus uñas sin cita previa, en menos de una hora. Coja número y espere. ¿Qué forma quiere? ¿Qué color? ¿Qué diseño?
A ver si en lugar de una moda eso de lo de la alta sensibilidad en realidad es un hándicap. Ahora no quiero aprender vietnamita por si en los salones de uñas chismorrean de las clientas, sino para entender a los niños que desde muy lejos saben que sus padres son tan buenos en lo suyo que no dan un mal trazo, jamás, y ríen aunque sepan que la vida propia se escapa en las manos ajenas.
***
Querer escapar de la docencia es indecente cuando ya se tiene conciencia de que es la profesión más complicada y necesaria en estos días.
***
A los clarividentes ahora les llama neurodivergentes. Y neurotípicos a los que abrazan la normalidad y no tienen idea siquiera de qué significa eso.
***
Abrázame hasta que se me olvide mi cuerpo.
Comentarios
Publicar un comentario