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El día otra vez. El precipicio.

Sé que este temor es un espejo en el que muchos reconocen su abismo propio. Sé que aunque mi voz siempre encuentre un eco terrible, un grito rebotado en el fondo seco del pozo para todos, existe el roce, las yemas de unos dedos, la caricia a tiempo. 

Este temor, que es mi sombra, ha cumplido ya tres años. Sólo tres años: el tiempo suficiente para que se torne extraño todo lo conocido, todo lo que creí amar, todo lo que creí que me amaba. 

***

Ciertos procesos deben ser íntimos aunque sea prácticamente imposible que sean privados.
Y para defender la privacidad y procurarla por proteger la más sensible intimidad, se debe aprender a no ofrecer el dolor como carnaza al mundo, pues el mundo no es empático, ninguno de sus habitantes lo somos en realidad. Sólo es posible entender lo ajeno desde la experiencia propia similar. Así y sólo así se intuye lo que sufre otra piel.
Y los procesos que deben ser íntimos, deben serlo del todo, siempre, a pesar de la soledad y el miedo terrible al abismo al borde de los pies. Abismos privados, escribí en un poema. Y puertas que se cierran para siempre, aunque se abran ventanas que den a una tapia sórdida de incomprensión. Las amistades que se quedan en las cunetas no lo fueron, claro que no, pero el espejismo de un afecto perdido es hiriente y a veces letal, también.
 
***
 

Incluso en la forma en que amanezco y el espejo me recibe: retiro con cuidado de mis ojos el residuo de un mal sueño.

Incluso en la forma en que me arreglo el pelo o impregno otra mentira roja y brillante sobre mis labios. Incluso en la forma en que me arranco cada noche tuya de la piel para vestirme con horarios circulares y preparo el café con más soledad de la que quiero.

Y debo afrontar el día otra vez. El precipicio.

Incluso en la forma en que respiro o que me fluye la sangre sin notarla. Incluso ya en mi forma de estar, eres tú.



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