Me subiste a pulso del agua, y creías estar a muchos metros sobre mí. Lo que no sabías es que respiro en todos los niveles. Y llegar al fondo no me asusta. Tú sabes del mar y su ira, sus sacudidas rompen tu sistema por completo. En cambio yo soy capaz de parir en mitad de la tormenta mientras el frío te ahoga y te destruye. Ya no duele la herida del anzuelo. Aprendí a sellar mis labios y a no perseguir por amor las estelas de los barcos.
Las criaturas salvajes no son sutiles. Cazan para alimentarse, defienden a golpe de colmillo su territorio. La sangre es visible y las heridas, al aire. Ley de vida y naturaleza. Lo salvaje no entiende de planes sibilinos ni silencios hirientes. No hay propósito de daño adrede por puro ego. Sólo nosotros, sofisticados amos de la nada, dominamos la destrucción encubierta, la muerte lenta del espíritu y su hemorragia interna, la cicatriz invisible. Miro al futuro y sus escarpadas cumbres. Se pierde mi razón en las colinas del mundo que se abre ante mí, una vez más. Las criaturas salvajes no saben de mezquindad, por eso no le temo a lo salvaje. ... Regresar en el sueño, cualquier noche, hasta el umbral marino de tu cuarto. Romper diez años, hacerlos añicos, y esconderlos ahora debajo de tu cama. Deshacer la despedida y tenerte en los ojos. ... Estos días, en los que suelo pintar y acallar a los demonios, son quizás los más conscientes. Escribir a veces se me resiste, pero...
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