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Surcos

A veces se malgasta la generosidad admirando a personas equivocadas.

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Estos días implacables cavan surcos en mi forma de mirarte.

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Y es que a lo mejor es cansancio, o madurez, no lo sé. La cuestión es que no siento esa necesidad de ser aceptada. No la siento, no. Porque cuando se está dentro, en las tripas del monstruo, se sabe, se conoce. Las cifras son las que son, y detrás de ese halo de prestigio falseado, detrás del sonido del aplauso de lata, está lo verdadero. No son nada. Y me aflige profundamente, me vacía por completo, entregar tanto por tan poco.
Lo digo muchas veces: la poesía no es esto.
Ni hay que confundir amistad con hambre.

***

El otro día tuve mi trozo de felicidad literaria del mes. Me llamaron de un instituto para ofrecer una charla sobre poesía a más de cien alumnos. El encuentro es remunerado, por lo que la satisfacción es doble (no oculto que invierto estos regalos en mi propio proyecto editorial).
Pero lo realmente genial es que ha sido otra autora, otra poeta, la que ha propiciado que fuera posible, sin rastro de competitividad, ni envidias extrañas, ni sentimientos ególatras. Más bien todo lo contrario. El hecho la engrandece, como persona, como profesora y como poeta.
Y este autora no es todo lo amiga mía que yo quisiera, quizás por la distancia, o porque estamos en ritmos distintos.
Lo triste es que para mí estas demostraciones de cariño, de que sí han valorado y valoran mi labor y mi obra, sean algo excepcional.
En otro centro están intentando que yo vaya a través del mismo programa, y el obstáculo es de nuevo, y como siempre, el ego herido de alguien a quien no le conocía yo, precisamente, esa cara tan fea.

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Escribir atrae pasiones exaltadas. Cada día lo tengo más claro. Amor espontáneo en los desconocidos, mientras germina el odio.

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