El último sábado de marzo atardecía con bruma, y el sol en el horizonte se despedía redondo y perfecto. La despedida hoy anuncia el verano, como una tarde anticipada de agosto, aún con este viento helado que se ha quedado adherido a los huesos. Me envías una fotografía del mismo sol desde tu playa, al otro lado de mi frío constante, y la recibo en silencio. Me lo reprochas, porque no sabes sentir: hay mucho más de mí, todo el dolor que no cabe en una vida, en las palabras no dichas. La carretera es la misma, en doble sentido, de tu casa a mis ganas, y de aquí mismo a ese lugar que intuyo y sé que existe para mí, para nosotros. *** Si brotan palabras del dolor o del miedo, hieren de forma irreparable. Es la única forma de hacer desaparecer, poco a poco, lo que no puede morir: el alma. Pero sí, se extingue, y cada herida es un agujero insondable, desconocido. A la muerte nadie le ha visto los ojos aunque se sienta su mirada. *** Dices que lo tengo todo. Que me han llegad...
Rosario Troncoso