viernes, 9 de junio de 2017

Velocidad

Me encargan reseñas, artículos, poemas, besos.
Y sigo inmersa en la misma nebulosa.
Es idéntico el aroma del cansancio y la ternura: huelen a colonia de bebé.

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Tengo que entregar un comentario del libro Píldoras de Papel (Huerga & Fierro) de Ana Patricia Moya.
Ella es mi amiga (bueno, lo era antes de este grandísimo retraso en la entrega de su comentario), y es una de las poetas más salvajes que conozco. Certera, ágil, de palabras como balas, rápida e hiriente.
Me está fascinando el libro. Y ella me fascina.
La fascinación, sí. Me permito sentirla de vez en cuando. Y sienta bien.

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Tengo una "antología". Pero no lo es. Son solo un puñado de poemas seleccionados por mi buen amigo Paco González Fuentes, que me admira y me quiere, y todavía no sé muy bien el motivo. 
Siempre me inquieta que alguien me quiera porque sí, sin reservas. Lo necesito, pero me inquieta, aunque no hasta la incomodidad, sí lo suficiente para hacerme sentir culpable.
A lo mejor es que últimamente me siento culpable por todo.

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El purgatorio, de existir, debe parecerse al final de curso en un centro de enseñanza secundaria de un barrio marginal. Seguro.
No se me permite hablar de nada que tenga que ver con él en redes sociales, blogs, o cualquier lugar público en el que un vómito cerebral pueda resultar molesto.
Un vómito cerebral siempre molesta. Como una pintada en un muro. 

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Hace muchos años que nos declaramos enemistad. Dolió en su día. 
Aquel que dijo que yo dije que el otro iba diciendo que dijiste que dije yo.
Muchas llamadas perdidas. Y silencio a litros. 
Muchos años. Seis o siete ya. Perdí la cuenta. Antes sí enumeraba las semanas, y los meses.
Es cierto que las caras se olvidan, profundamente. No importan las fotografías.
Las caras se olvidan, se borran. Y las voces. 
Quizás es una de las muertes más tangibles. Desaparecer, incluso, del olvido.

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Tengo hijos. Dos.
No hay vuelta atrás en esta circunstancia. Ni quiero que la haya. 
Dos niños. Y no he tenido tiempo para asumir que ya no soy la niña yo. 
Quizás a los ojos les cuesta adaptarse a tanta velocidad. 
 



jueves, 20 de abril de 2017

El mecanismo de lo estable

Es jueves. Es abril.
El lunes, volví al trabajo. Nómina, salario, sustento.
Y he decidido comenzar, de una vez por todas, este diario. A ver si consigo una mínima continuidad, y un par de lectores.
La zafiedad arrastra, y su corriente es fuerte, implacable.
Hay asideros en la orilla de alguna esperanza, la última. Esa de la que hablan, los que no están ahora aquí, y dicen que no hay que perder, jamás.
Quiero pensar que no es tarde.
Sí. Lo pensaré.


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Abril y mayo, e incluso junio, son meses fuertes en lo literario.
Ya estoy invitada a tres ferias del libro, un par de encuentros de autores, y algún que otro acto de presentación de libros, propios y ajenos, muy míos.
No niego, ni disimulo, cierta ilusión.
Pero de unos años para acá, siempre desazón.
No soy la misma que hace diez años.Ya no somos los mismos.
Y se nota la erosión.
Caras que no deseo ver. Albaricoques (P., dixit), enfermos de ego, con los que no quiero desperdiciar mi maltrecha energía.
Hay que estar. Hay que seguir.
Mercaderes de almas, y páginas en blanco.


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Quizás te parezca extraño, pero prefiero la farsa. El juego.
Ni siquiera deseo verte. Ni tocarte.
Soñar, me alivia la prisa y la sed.
Y que me mientas, como siempre. Llévate la honestidad. Dásela a otra.
A estas alturas, es más seguro un amor de bolsillo y de mentira.
Tener tan cerca la vida, otra vida, empeora las cosas. El mecanismo de lo estable es frágil, e inflamable.
Mejor alejarse del fuego, las rachas fuertes de levante, y cualquier color que venga del mar.

domingo, 12 de febrero de 2017

El silbido de una bala

Es domingo y llueve. Mañana, dicen, que se irán los nubarrones. Es cuestión de tiempo. Dormir, para que el cielo se despeje.
Añoro el calor, y cómo me sentía hace ahora justo un año. Sí. Y es que la incertidumbre crea cierta adicción.
También ocurre con la tristeza. Si hace nido en las entrañas, cuando vuela, deja un hueco extraño, difícil de ocupar con otra sensación. La tristeza es densa, espesísima, como la melaza. Quizás dulce, también. Prepara la piel para la ternura.

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Sigue enviándole flores, corazones, besos. Le escribe palabras de amor, en el humo, en la niebla. En una pantalla muerta, sin rostro, tampoco. Sin señal de vida al otro lado del frío. El desconcierto y la soledad. Sin conexión. Sin nada. Nada. Nadie.
Arriba, a la derecha, el miedo es un círculo vacío. El límite, ante la muerte, es tan solo un número, sin semillas.
Sigue hablándole en la madrugada. Como quien reza. En susurros dolientes. Y en silencio, limpia de la superficie planísima, alguna lágrima imprevista.
Hay un muro voluntario. Una frontera de océano. Un dolor de agua.
Ella ha vuelto a bloquear la entrada y la salida. Pero allí permanecen sus ojos, quizás, con un poco de luz. Calor residual.
Él, sigue enviándole besos, corazones y flores, a la fiesta gris de una pantalla, como quien se desangra de amor ante una lápida.

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Ellos tienen razón. Exhibirse y lanzar proyectiles al aire, es peligroso.
Casi siempre soy yo la que recibe el tiro en la sien. El tiro virtual del más desesperado intento de parecer diferente. O a lo mejor, lo soy.
No quiero pensarlo.
Ellos tienen razón. Oyen el silbido de una bala, y recogen el cuerpo y la mente.
No es mi intención el daño, ni la desazón.
Defiendo el territorio donde soy feliz. Mi refugio. Mi escondite. Mi lugar.
Solo es eso.
Una muralla defensiva que proteja la ilusión.

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Es el amor, el amor, el amor. La literatura. Los afectos. El amor, el amor, el amor.
Si solo es el amor, hay fragilidad. Yo solo quiero amor. Solo tengo amor. No quiero academias, cátedras, títulos, carteles, papel. Solo amor. Y si solo es el amor, hay fragilidad.
Si hay fragilidad, todo tiende a romperse.
Cuando no haya amor, no habrá literatura. No me interesa nada más que el amor.

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No me conoces. No quiero que me conozcas. Prefiero que me imagines.
Así es como se logra la eternidad.